El reloj marcaba las
nueve de la mañana, de aquel fatídico veinticinco de febrero del dos mil diez.
Por algún instante Gabriel se había sentido un poco inquieto desde su interior,
como las tantas veces que una fuerza invisible le auguraba que algo no estaba
bien. Se encontraba sentado en la cama,
viendo como su compañera Marina, levantaba los platos del desayuno para
llevarlos a la cocina. Había sido un par de huevos fritos, tostadas y jugo de
naranja, realmente muy liviano para su gusto pero desde hace tiempo se
encontraba resuelto a evitar consumir grasa en demasía por el bien de su salud.
Su padre sufría de diabetes, y la obesidad era una de las causas que le disparaban
los niveles de azúcar, y solo el año pasado había sido victima de una presión
sanguínea elevada, por lo que no estaba de más cuidarse un poco. Además tenia
un año que había suspendido sus visitas al gimnasio, y se mantenía entre las
doscientos veinte a doscientos treinta libras de peso, sin considerar que el
colesterol era otro factor a mantener en control.
Marina: - ¿listo para irnos? – le preguntó ella al regresar de la
cocina.
Gabriel: - Dime algo. ¿Es necesario que yo vaya?- preguntó aun en una
forma desganada.
Marina: - Si, me gustaría que me acompañaras y luego, almorzamos
juntos.
Gabriel: - Bien, entonces ya estoy listo. No olvides de llevar todo,
papel, lápiz.
Marina: - Calmado, ya todo lo llevo en mi bolso.