A Gabriel, le correspondió estar en una celda preventiva junto con tres
hombres más. Era muy pequeña, que solo contaba con una litera de dos plantas y
un sanitario de hueco. Dos de ellos estaban recostados en la cama, eran
hermanos de sangre, que por razones del destino uno de ellos se vio enfrascado
en una discusión con un chofer de un camión repartidor de refrescos gaseosos y
que por la unión del parentesco obligo la intervención del otro. Se llamo a una patrulla quienes conocían a
los dos hombres y la emprendieron contra ambos para finalmente detenerlos y
llevarlos tras las rejas. Para esa hora,
la condición etílica de quien era el mayor, ya había disminuido y estaba más
calmado y coherente. Ambos eran hombres
de piel morena, estaban sin camisas, solo que el mayor de metro y sesenta y
seis centímetros de altura y obeso, era quien llevaba la batuta al hablar, en
oposición a su hermano, quien con tatuajes en el brazo, cabello pintado de
amarillo completamente tieso como si utilizara algún tipo de fijador y más
musculatura, de complexión delgada, solo escuchaba e intervenía cuando aquel le
preguntaba algo, al mejor estilo de un seseo, en su modo de hablar.